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Por qué Donald Trump quiere Groenlandia

A primera vista, la idea suena a provocación. En 2019, cuando Donald Trump dejó entrever que le gustaría “comprar” Groenlandia, el mundo osciló entre la risa y la incredulidad. Dinamarca respondió con dureza. La primera ministra Mette Frederiksen calificó la propuesta de “absurda” y recordó que Groenlandia no está en venta, porque no es un activo negociable, sino un territorio y una comunidad política cuyas decisiones se toman, ante todo, desde Nuuk.

Sin embargo, aquel episodio nunca fue solo una broma diplomática. Ya mostraba una forma muy particular de Trump de mirar el mapa del mundo, como un conjunto de activos que hay que asegurar, puntos de apoyo que se deben blindar y rivales a los que conviene cerrar el paso. En enero de 2026, el asunto vuelve con una gravedad nueva, porque la tensión ya no es únicamente retórica. Fitch Ratings, gran agencia internacional de calificación crediticia, ha llegado a advertir que una crisis seria en torno a Groenlandia, si debilitara a la OTAN, la Organización del Tratado del Atlántico Norte, podría presionar las calificaciones soberanas en Europa del Este. No se trata de una excentricidad. Es un expediente que empieza a afectar los equilibrios estratégicos y la manera en que se percibe el riesgo geopolítico.

Si Groenlandia se ha convertido en una obsesión trumpiana, es porque concentra en un solo territorio varias de las grandes tensiones del siglo XXI. Primero aparece la profundidad defensiva, luego la competencia entre potencias, después la batalla por los minerales críticos y, finalmente, la cuestión de la soberanía en un mundo cada vez más duro.

Un cruce estratégico en el nuevo Ártico

Groenlandia no es un decorado blanco en los márgenes del planeta. Es un cruce de caminos. A mitad de camino entre América del Norte y Europa, mirando hacia el Ártico, se sitúa en el corazón de un espacio que los estrategas observan desde hace décadas porque permite vigilar, anticipar y, si es necesario, controlar. Ese emplazamiento gana valor a medida que el Norte cambia por el doble impacto del calentamiento climático y el regreso de la política de poder.

Durante décadas, el Ártico fue un escenario lejano, caro y difícil, reservado a los Estados capaces de mantener una presencia constante. Hoy vuelve a ser un espacio disputado. El retroceso del hielo hace más plausibles ciertos escenarios, la navegación se contempla cada vez más y todo lo que ocurre en el Norte acaba conectando con las preocupaciones de seguridad de las grandes zonas industrializadas. En este tablero, Groenlandia se parece a una pieza clave, no porque gane por sí sola, sino porque coloca a quien la controla en el lugar adecuado, en el momento justo, antes de que la partida se acelere.

Pituffik, el anclaje militar estadounidense ya existente

Muchos creen que Estados Unidos partiría de cero. No es así. Washington ya está sólidamente asentado en la isla. Opera allí una instalación militar importante, conocida durante años como Thule Air Base y rebautizada en 2023 como Pituffik Space Base. El cambio de nombre no es un detalle estético. Refleja la evolución de la función del lugar, ahora plenamente integrada en una lógica de vigilancia avanzada y defensa antimisiles, en un mundo donde la alerta temprana y el tiempo de reacción son ventajas decisivas.

Ahí se entiende el motor profundo del interés estadounidense. Groenlandia no es una adquisición exótica. En términos de seguridad nacional, es un puesto avanzado único en el Norte, situado en uno de los ejes donde se cruzan amenazas, trayectorias posibles y capacidades de detección. Trump no inventa esta doctrina. La dramatiza, la lleva al límite y la traduce a un lenguaje directo, casi inmobiliario. Poseer, blindar, impedir.

Una rivalidad de potencias que endurece el expediente

La tensión también se explica por el contexto. El Ártico ha vuelto a ser un espacio de rivalidad abierta. El Norte reúne ambiciones rusas, intereses chinos y la determinación estadounidense de mantener la ventaja. Con eso basta para convertir el tema en políticamente explosivo en Europa. Cuando Dinamarca dice que no, no defiende solo un principio abstracto. Defiende una arquitectura, la de un Occidente que funciona mediante alianzas, acuerdos y coordinación, y no mediante absorción.

En enero de 2026, Mette Frederiksen habló de un desacuerdo fundamental con Washington en esta cuestión. La expresión no es casual. Si Estados Unidos, primera potencia de la Alianza, da la impresión de tratar un territorio ligado a un aliado como un objeto negociable, entonces la base de confianza se debilita. En un mundo donde la seguridad colectiva ya está bajo presión, este tipo de fricción es más que un incidente. Es una prueba de resistencia.

Minerales críticos, entre promesa y límites

El otro motor es industrial y se centra en los minerales críticos. Groenlandia posee un potencial importante, citado a menudo en debates sobre tierras raras y metales estratégicos. Pero aquí es donde conviene evitar los atajos. Groenlandia no es una mina abierta, y la pregunta no es lo que hay bajo el hielo, sino lo que puede explotarse de verdad y en qué condiciones políticas y ambientales.

La propia política groenlandesa lo demostró. En 2021, el Parlamento de Groenlandia adoptó una legislación que prohibía la explotación de uranio, lo que frenó directamente proyectos mineros de gran alcance, incluido uno muy mediático vinculado a las tierras raras. Ese episodio deja algo claro. Groenlandia no es un territorio pasivo. Es una sociedad política con un gobierno, decisiones difíciles y una fractura interna entre desarrollo económico, riesgo ambiental y trayectoria institucional.

Y es justo ahí donde Trump ve un margen de maniobra. En un mundo inquieto por la dependencia de las cadenas de suministro y donde China domina segmentos estratégicos, asegurar fuentes alternativas se ha convertido en una obsesión. A sus ojos, Groenlandia encarna una promesa de soberanía industrial. La transición energética, la industria militar y las tecnologías digitales avanzadas dependen de materiales que los Estados quieren controlar cada vez más, en lugar de comprarlos sin más. Pero esa lógica choca con la realidad política. Groenlandia no es un yacimiento. Es un territorio autónomo. Y un territorio autónomo no se gestiona como un stock.

Una cuestión de soberanía que vuelve la idea explosiva

Aquí es donde el asunto se vuelve especialmente sensible. Porque la idea de una “compra” no solo es irrealista. Es políticamente ofensiva. Groenlandia forma parte del Reino de Dinamarca y, al mismo tiempo, goza de una amplia autonomía. No es un objeto ni una variable diplomática. Decir “vamos a adquirirla” se escucha, para muchos, como una negación de la existencia política de los groenlandeses.

Esa dimensión reapareció con fuerza en los intercambios de enero de 2026, cuando responsables groenlandeses reafirmaron públicamente que ninguna venta era imaginable y que la soberanía no se negocia. Incluso cuando Trump afirma actuar “por seguridad”, el efecto es presión. Por eso este expediente supera con creces la cuestión estadounidense. Toca un imaginario posimperial, la integridad de las alianzas y el lugar de los pueblos en las decisiones que les afectan.

El objetivo real no es comprar, sino blindar

En el fondo, Trump busca menos firmar un título de propiedad que blindar un espacio estratégico antes que los demás. Quiere evitar que Groenlandia se convierta en una zona donde retroceda la influencia estadounidense, donde un rival gane terreno, donde el acceso a recursos se decida sin Washington o donde el Atlántico Norte se desplace hacia una configuración menos favorable. Por eso, reducirlo a “locura” es engañoso. Lo que parece extravagante en la forma se vuelve legible en el fondo. Simplemente se expresa sin guantes, sin prudencia diplomática y sin respeto por los equilibrios tradicionales.

Y ahí está el peligro. En la brutalidad del método.

Un expediente que ya es riesgo geopolítico por sí mismo

Lo más revelador es lo que el caso provoca alrededor. Cuando Fitch Ratings advierte que una fractura de la OTAN vinculada a Groenlandia podría presionar las calificaciones soberanas en Europa del Este, queda claro que el asunto salió del terreno de los golpes de comunicación y entró en el de los riesgos sistémicos. También significa que Groenlandia se ha convertido en un símbolo del mundo hacia el que avanzamos, uno donde las líneas del mapa importan tanto como las líneas de los tratados, donde los recursos vuelven a ser un arma y donde las alianzas pueden tambalearse bajo la presión de la potencia unilateral.

Donald Trump no quiere Groenlandia porque le gusten las tierras heladas. La quiere porque la isla resume, en un solo punto, la geopolítica del mañana. Ofrece una profundidad estratégica única en el Norte, se inserta en la rivalidad de las grandes potencias, encierra una promesa mineral clave para las industrias críticas y pone a prueba la solidez de las alianzas occidentales.

En 2019, la idea hizo reír. En 2026, inquieta. Porque no cuenta solo la historia de Trump. Cuenta la historia de un mundo que se endurece, donde el poder se mide por la capacidad de blindar espacios antes de que se vuelvan indispensables. En ese mundo, Groenlandia ya no es una periferia. Es un centro.

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