En Rabat, el lanzamiento oficial de “AI Made in Morocco” el pasado 12 de enero puso sobre la mesa una hoja de ruta 2025–2030 estructurada, secuenciada y pensada para llevar la Inteligencia artificial (IA) del terreno de la intención al de la administración, la infraestructura y la economía. El documento fija un orden de marcha claro. Primero, establecer un marco de confianza. Después, reforzar la base técnica sobre la que descansan los servicios digitales. Luego, organizar la subida de competencias, la innovación territorial y la financiación, antes de evaluar el conjunto mediante resultados medibles.
Detrás del título, el enfoque es nítido. Marruecos no trata la inteligencia artificial como un complemento que se añade a lo existente, sino como un gran chantier que obliga a revisar al mismo tiempo el derecho, la infraestructura, los datos, las competencias y la gobernanza. La hoja de ruta lo afirma sin rodeos, apoyándose en diez programas que cubren todo el ciclo, desde la regulación hasta el acompañamiento del cambio. Y esa elección es determinante, porque la IA nunca “funciona” sola. Depende de la calidad de los sistemas, de los datos disponibles, de la seguridad, de equipos capaces de mantenerlos en el tiempo y de una administración en condiciones de absorber la transformación.
2025-2026, la confianza como punto de partida
La primera secuencia, situada en 2025–2026, coloca la confianza en el centro. El Estado prevé una “Ley digital X.0” y un “Marco de IA”, antes de introducir un proceso de certificación y un sello de confianza a partir de 2027, y después una alineación con marcos internacionales hacia 2029–2030.
Este calendario no es un ejercicio retórico. La IA, en cuanto toca el servicio público, compromete la responsabilidad de la administración y la protección de los ciudadanos. Obliga a aclarar qué está permitido, qué debe controlarse, cómo se gestionan los errores y qué nivel de transparencia se exige. La lógica del plan es reducir la ambigüedad desde el principio para no desplegar usos sensibles sobre una base jurídicamente incierta.
La apuesta por la infraestructura antes que por las promesas
A este encuadre se suma un chantier técnico que condiciona casi todo lo demás. La hoja de ruta sitúa explícitamente el programa “Move to Cloud” en 2025–2027. La señal es clara. Antes de prometer asistentes inteligentes y servicios aumentados por la IA, hay que disponer de una arquitectura capaz de absorber la carga, asegurar los accesos, garantizar la continuidad y gobernar los entornos.
En la misma lógica, el plan fija hitos de infraestructura pesada, con un centro de datos de 50 MW y la ampliación del centro de datos de Benguérir, y al final del periodo un objetivo de mega campus de “Green DC” de 500 MW. Estas cifras remiten a una realidad material. La IA, más allá del software, también es una industria del cálculo y del alojamiento, por tanto una cuestión de inversión, energía, resiliencia y competitividad.
Los datos y la interoperabilidad, el nervio de la reforma
El pasaje más estructurante, porque afecta al funcionamiento interno de la administración, está en la “plataforma de bienes comunes digitales”. La hoja de ruta anuncia una primera versión de una forja de software y una biblioteca de veinte APIs críticas, luego la urbanización masiva de los yacimientos de datos públicos en Open Data, antes de avanzar hacia la interoperabilidad y la generalización del principio “once-only”.
Este último punto puede parecer técnico, pero es de los más políticos. Implica dejar de pedir a ciudadanos y empresas información que ya posee una administración. Ahí se juega la reforma más concreta, la del servicio público cotidiano. Y ahí se juega también la condición de posibilidad de la IA. Un sistema inteligente no simplifica nada si los datos están fragmentados, si los referenciales son incoherentes o si las administraciones no se comunican entre sí.
Formar masivamente, y sobre todo retener el talento
En capital humano, el plan destaca por un nivel de detalle poco habitual. Prevé la creación de escuelas de programación, entre ellas YouCode, una escuela digital, así como una plataforma online de formaciones certificadas. Cita además los programas “Master AI Junior”, lanzado en octubre de 2025, y el programa “jóvenes talentos” de la Real Federación Marroquí de Fútbol (FRMF), destinado a formar a más de 200.000 beneficiarios de 8 a 18 años. El plan fija volúmenes, con un hito de 2.500 formados ya en 2025 y un objetivo de 14.000 formados acumulados, e incluye también un programa de upskilling, JobInTech, orientado a competencias digitales prácticas para mejorar la empleabilidad.
La hoja de ruta refuerza asimismo el dispositivo de doctorandos-monitores en digital (Doctorants-Moniteurs, DM), con escalones cifrados, 150 DM en 2025, luego 200 DM en 2026 y 2027, antes de estabilizar. El conjunto dibuja una estrategia a dos velocidades, una base amplia para alimentar el mercado y la administración, y un refuerzo científico para producir investigación aplicada y competencias de punta. Queda el obstáculo que todos conocen. Formar es indispensable, pero estabilizar equipos y retener perfiles experimentados lo es tanto como. Es una cuestión de atractivo, trayectorias y capacidad de hacer trabajar el talento de forma duradera en lo público.
El chantier de los LLM, la apuesta por un modelo marroquí
La hoja de ruta asume también un chantier simbólico y potencialmente decisivo, el de los modelos LLM. En ese marco, prevé una versión alfa del modelo nacional en darija y amazigh, luego un entrenamiento masivo y su integración en los servicios públicos, antes de una ambición de exportación hacia 2029–2030. La elección lingüística es coherente con el objetivo de utilidad pública. Una IA que no entiende la lengua de los usuarios sigue siendo periférica.
Pero este eje se juzgará por la prueba. Calidad medible, seguridad, robustez, respeto de los datos y capacidad de integrarse en recorridos reales de servicio público. Es el punto donde una estrategia puede producir ganancias tangibles o chocar con límites técnicos y organizativos.
Innovación más allá de Rabat, la promesa de los territorios
La otra ambición se juega fuera de Rabat, en los territorios. La hoja de ruta prevé desplegar la red nacional de Institutos Jazari en las doce regiones, desarrollar un “Digital Lab Ed Tech” y, a término, la autonomía financiera de los institutos. Inscribe también un hito operativo, un “Jazari Root” para el pilotaje y la ejecución.
Territorializar la innovación responde al riesgo de una transformación concentrada en pocos polos. Pero solo tiene sentido si se apoya en misiones claras, equipos, presupuestos y un pipeline de proyectos. Sin eso, una red se convierte en una etiqueta. Con eso, puede ser una herramienta de difusión de competencias, estructuración de ecosistemas locales y producción de soluciones adaptadas a realidades regionales.
Financiar y hacer emerger campeones nacionales
Para salir de una economía de prototipos, el plan introduce por fin la cuestión de la financiación y la creación de campeones. Evoca mecanismos de venture building y venture capital, la constitución de un fondo de capital riesgo y el fortalecimiento de la incubación y la aceleración hasta la emergencia de campeones tecnológicos nacionales. Aquí, la cuestión no es multiplicar startups, sino producir empresas capaces de vender, sostener mercados, escalar y exportar. En ese recorrido, la contratación pública, la disponibilidad de datos, la rapidez de compra y la claridad regulatoria se vuelven palancas tan decisivas como el capital.
Diplomacia tecnológica con dimensión africana
La cooperación internacional aparece como eje propio a través del Hub Morocco Digital for Sustainable Development (D4SD), un centro de excelencia arabo-africano en inteligencia artificial y ciencia de datos lanzado en septiembre de 2025.
En continuidad, el plan prevé proyectos tecnológicos Sur-Sur y asociaciones regionales, así como el objetivo de organizar una Cumbre Mundial de IA en Marruecos. Es una forma de inscribir la estrategia marroquí en una diplomacia tecnológica con dimensión africana sin renunciar a la visibilidad internacional.
La prueba real, la ejecución
Queda la etapa más exigente, la que siempre separa una hoja de ruta de una transformación tangible, la ejecución. Para lograrla, el plan anuncia un nuevo organigrama con una Dirección General de IA, un pilotaje por datos y un ajuste dinámico de la hoja de ruta. Prevê después medir el impacto socioeconómico.
También pone negro sobre blanco la cuestión de la adopción, con “relés digitales”, campañas de desmitificación tecnológica, adopción responsable por parte de agentes del Estado y de las pymes, y, por último, una evaluación final de los efectos socioeconómicos. Es el reconocimiento implícito de un hecho simple. La IA no se impone por decreto. Se difunde por los usos, la confianza, la formación y la capacidad de integrar nuevas herramientas sin desorganizar los servicios.
Hitos concretos, una promesa verificable desde 2027
La hoja de ruta 2025–2030 cuenta una ambición encuadrada y muy estructurada. No promete un milagro tecnológico, sino que organiza una transformación basada en prerrequisitos concretos, nube, centros de datos, datos, interoperabilidad, competencias y gobernanza. Y sobre todo sitúa al país ante plazos verificables.
De aquí a 2027, los marcadores serán fáciles de observar. El salto a la nube, la existencia y el uso de APIs críticas, la calidad del Open Data y la capacidad real de interoperabilidad. A partir de ahí, la IA podrá convertirse en herramienta de reforma y competitividad. Si esas condiciones no se cumplen, quedará como un conjunto de proyectos, interesantes pero dispersos.







